Todos los viejos cuentan historias. Mi abuelo paterno también solía hacerlo y, como casi todos los gallegos que conozco, narraba de viva voz con una emoción tan auténtica que parecía que cada historia la contaba por primera vez, incluso a sí mismo. No era cierto: las repetía con frecuencia, pero a pesar de que todos las conocíamos de memoria, nos tenía pendientes de unos relatos que aún ahora se siguen contando en la mesa, aunque él ya no esté.

Cuando yo era un chaval, A Estrada tenía Instituto. Eran otros tiempos, los profesores eran muy duros, pegaban y todo se aprendía de memoria. Pero uno, el señor Fraguas, era radicalmente diferente a los demás. De familia campesina humilde (hablaba gallego mejor que castellano), con mirarle a los ojos veías a una buena persona, y al escucharle, a un sabio. Y además, nos quería. Tenía unos treinta años y ya era catedrático, el único del Instituto. Daba geografía, aunque para él eso incluía todo lo que nos rodeaba. Nos llevaba continuamente de excursión y nos enseñaba el nombre de los riachuelos, de los montes, de los árboles y las setas, de los caminos… Nos hacía hablar en gallego con los aldeanos, y aprendíamos cosas como qué hierba le gustaba más a las vacas, cuándo florece el tojo, cómo trinaba la alondra… El campo estaba siempre empapado y cantábamos “Por debajo de los puentes pasan las aguas, y por encima, el señor Fraguas”; él se reía. Nosotros también lo queríamos. El 18 de julio de 1936 supimos por la radio que Franco había dado un golpe de estado contra la República y que el ejército sublevado dominaba toda Galicia; dormí muy intranquilo esa noche viendo tan preocupados a los mayores. Me despertó temprano el alboroto de la calle; cuando me asomé al balcón, unos quince hombres esposados caminaban cojeando, las ropas rotas, las caras con sangre reseca, la mirada perdida…  Un grupo de falangistas con camisa azul y armados los vigilaba entre insultos, empujones y risotadas: además de una tremenda paliza, les habían dado aceite de ricino y se iban cagando por la calle. Los falangistas gritaban “¡viva Franco, arriba España!” mirando a la gente asomada a las ventanas, que repetía los vivas, algunos entusiasmados, la mayoría asustados. Noté que se iba haciendo el silencio conforme avanzaba el último preso, al que hacían  barrer inútilmente con un escobón las heces de aquellos desgraciados. Se me paró el corazón. Don Antón Fraguas. 

El abuelo siempre se callaba al llegar a este punto porque no quería que le notáramos la emoción. Cuando reanudaba el relato, la voz ya no era la misma.

Nunca había sido de ningún partido, pero era progresista y defendía el gallego. Tal era el respeto de la gente por él, que no se habían atrevido a pegarle. Caminaba alicaído, triste, mirando fijamente al suelo. Seguramente es de las imágenes que más me han marcado en la vida. Y poco a poco, al ver pasar al señor Fraguas, la gente iba cerrando las ventanas y se metía en casa para no tener que ver  la humillación de aquel  hombre bueno  Entonces yo sólo tenía quince años y supe que dejaba atrás la niñez y la inocencia. Nunca lo he olvidado.

El abuelo terminaba aquí. ¿Cómo acabó todo? le preguntábamos ansiosos los nietos, que temíamos por la vida de un desconocido al que habíamos llegado también nosotros a querer. Pero él se callaba tercamente. El final me lo contó un día, al fin, mi padre.

Cuando éramos pequeños, siempre nos había extrañado que tuviéramos prohibido adentrarnos por uno de los caminos que salían del pueblo. Un día mi hermano Nacho y yo, como es normal en todo niño, decidimos hacer justo lo que nos prohibían. La calleja estaba invadida por la maleza y, casi sin darnos cuenta, nos paramos delante de lo que quedaba de una casa de piedra: unas paredes tiznadas de hollín con una inscripción tallada en el dintel de la entrada. Leímos: “Casa del pueblo”. Evidentemente, la habían incendiado hacía ya muchos años. Nacho y yo, sin saber bien por qué, supimos que la prohibición estaba allí. Papá se enfadó mucho cuando le preguntamos, pero era evidente que, más que furioso por nuestra desobediencia, se había puesto triste; nos hizo prometer que no volveríamos. Años después, ya acabada la carrera, por libros de historia me enteré de que la noche del 18 de julio apresaron en A Estrada a dieciséis obreros que se habían reunido en la Casa del Pueblo (la sede del PSOE y de su sindicato, la UGT) para discutir qué hacer ante el golpe de estado.  El edificio, que había sido construido por los afiliados, fue incendiado y los obreros torturados, en un caso hasta la muerte. Al día siguiente los fusilaron. Los franquistas no se atrevieron a matar a Fraguas. Pasó cuatro años en la cárcel y cuando salió tuvo la opción de elegir el exilio, como muchos hicieron,  yéndose a Argentina, pero eligió quedarse en Galicia; tuvo que dedicarse a dar clases particulares porque le habían quitado la cátedra. Después de unos años volvió a ser profesor de instituto y publicó muchísimos trabajos de geografía y antropología gallega.  A partir de 1975, con la muerte del dictador, se le reconocieron sus méritos y llegó a ser presidente del Museo do pobo galego. Dejó por escrito en su testamento que no quería ser enterrado en el “Cementerio de Galegos Ilustres” si el acto estaba presidido por el en aquel entonces presidente de la comunidad, Manuel Fraga, que había sido falangista y ministro de Franco y presumía de ambas cosas. Llegado el momento, Fraga se negó a ausentarse y la familia de Antón Fraguas decidió enterrarlo en el pequeño cementerio de su aldea natal. Antes que una última humillación, el olvido. 

Y cuando llegan esas noches de Galicia en las que nos sentamos en el salón y hablamos todos, nunca me canso de escuchar esta historia. Porque es bonita, porque nos recuerda lo terribles que fueron esos años y sobre todo, por Antón Fraguas. Me parece un personaje entrañable que defendió sus ideas sin aspavientos, valiente, humilde y digno hasta en el momento de ser enterrado.

Esta redacción es un homenaje a mi abuelo Ángel y al señor Fraguas, para que no se los lleve el olvido, para que sigan paseando, juntos ya para siempre, por encima de las aguas.

Malena Bastida Antich    3r A

  

 

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